Tuesday 12th December 2017,
ConstructoresRD.com

El peor urbanismo

Estamos perdiendo la ciudad, si no es que ya la perdimos… Este amasijo de edificaciones que se vuelcan sobre las estrechas aceras, que se construyen sin respeto a los linderos que deben normarlas, dependiendo de los lugares donde estas se levanten, es una ciudad encantadoramente atractiva desde puntos altos, desde el aire y desde azoteas encumbradas. Se ve atractiva, porque semeja un conglomerado armonioso que no discute entre sí sus problemas de vecindad, de aproximaciones físicas, de recogidas de basura, de suministros de energía (agua y luz), de circulación peatonal y vehicular. Pero una vez se aterriza en medio de ella… Una vez se camina o transita por sobre su superficie, los ruidos y los malos olores, imposibles de ser fotografiados, nos invaden de inmediato. Al asco circunstancial, se une la indecencia ciudadana, el desparpajo colectivo, las medalaganarias acciones de unos y otros.

Por ciudad, se puede leer (entendiéndose) que es el genérico de un conglomerado cualquiera habitando un contenedor urbano. Todas están siendo tratadas como botín ganado en luchas de corsarios. Los corsarios son los políticos con prisas de cobrar emolumentos colaterales por su arduo “servicio a la sociedad”. No son ellos los que actúan con desprendimientos, ellos desprenden de la ciudad todo lo factible de ser negociado, comercializado, y enajenado. Dos ciudades, de entre todas, se están ganando los favores del dislate populista. Santo Domingo y Santiago de Los Caballeros. Las rebatiñas trascienden más allá de las redes sociales.

Pero los medios (periódicos y prensa en general), están muy ocupados, intensamente, en otros y diversos conflictos humanos, económicos, políticos y sociales, no dan cabida a las inquietudes y angustias que reflejan sectores (solo sectores) de los profesionales de la arquitectura y el urbanismo (no entran en estos los que se obnubilan con bombillitos temporales).

Decía el apóstol de la paz, el Mahatma Gandhi: “Lo más atroz de la gente mala es el silencio de la gente buena.” (¿O fue de Martin Luther King?) Hace años, ya muchos años (1985), que una frase lapidaria me sacudió el alma, al leerla colocada en lo alto (a la derecha) de la pequeña página introductoria del libro “Las venas abiertas de América Latina” (Eduardo Galeano): “Hemos guardado un silencio muy parecido al de la estupidez”, Extracto de la Proclama Intuitiva. (Escribo ahora de memoria, la frase podría no estar siendo citada en estricto rigor).

¿Por cuáles razones hemos terminado siendo cobardes? ¿Solo por el dinero, por los sueldos, los contratos, las prebendas? ¿Por qué dejaron de hablarnos en las universidades del compromiso social de nuestras profesiones? ¿En qué nos convirtieron? ¿Fueron los profesores que se convirtieron en estúpidos o ciertamente nos pusieron a estudiar cosas estúpidas para que nos convirtiéramos en estúpidos? ¿Qué ha pasado en cincuenta años? ¿Dónde fueron a parar la sensibilidad, el objetivismo y la imaginación, colectiva e individual? ¿Era vivir así que queríamos, con ciudades despedazadas, ciudadanos asustados, calles de horrores, parques de espantos, plazas de terrores, prisas, indecencias, violaciones, desparpajos, arrogancias, petulancias, prepotencias, engreimientos?

Pues lo logramos a base del peor urbanismo, el de la negación del ser humano, el del ostracismo social, el de las humillaciones barriales, donde la ilegalidad constructiva es un Don otorgado por el favor político o sexual, por el intercambio de apetitos pasajeros sin vergüenzas permanentes… Y lo aplaudimos cuando no hacemos nada y hasta la Policía Nacional, en sus nuevas camionetas, deja pasar a su lado vehículos que transitan en contra de vías, mientras va advirtiendo a los delincuentes con sus luces de centellas (parpadeantes multicolores) que se aproximan, que pausen o que huyan…

 

Diario libre

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